Es posible convivir de otra forma

La violencia es una manera muy primitiva de convivir. Detrás de esa diaria ironía, de la descalificación y del destacarse a costa de otros, se esconden miedos y formas muy básicas de alcanzar reconocimiento social. También ahí se camufla un muy mal entendido deseo de afirmar la virilidad.
Es que al final se trata de eso: queremos sobrevivir e instintivamente tendemos a pensar que rugiendo un poco más fuerte y dando un par de zarpazos, estaremos mejor parados en el mundo.
¿Que tal si por un minuto dejáramos nuestras máscaras, si apagáramos las incontables distracciones que usamos para olvidarnos de nuestra desnudez? Quizás nos encontraríamos con una realidad que no nos gusta, con una cuota no despreciable de miedo, con algunas gotas de angustia y claro, con ese temor latente a la muerte. Pero después de un rato de dejar escapar de nosotros mismos, quizás comenzaríamos a dejar de escapar de los demás y, mejor aún, dejaríamos esa competencia implícita que nos destruye, cambiando el escenario de violencia al que nos hemos acostumbrado.